Almorzar
dentro de un banco cada día, me deja esa
sensación de que soy y seré por mucho tiempo más un obrero del sueño que busco
construir con mi esposa. Hace un par de
tardes atrás me acerque a un grupo de mis compañeras que estaban haciendo sobre-mesa en la sala de reuniones del primer piso, aferradas a un ambiente de
profunda intimidad contando cómo han dado ruedo a sus vidas
“Ese día mientras entraba al hospital se
acercó una de las enfermeras y con
rostro de ternura me contó que el
director del hospital quería hablar conmigo, obviamente pensé lo peor ya que mi
esposo llevaba meses en cama con un cáncer que lo mataba de “a-poquitito”, yo
tenía 20 años y dos niños que solo veían a su padre por foto a esa altura, ya
que en esos años, estamos hablando de principios de los años 80, a los niños no los dejaban entrar al
hospital. Bueno, me fui con un café en la mano a la oficina
del director del hospital, este me recibió con un apretón de mano firme, me
invito a sentarme y luego me dijo: “Señora, ayer vi como un par de niños se
subieron sobre el techo de un auto y tiraban “besitos” hacia una de las
ventanas, lo que me despertó la curiosidad… fui a buscar a aquel paciente que
estaba desde la ventana recibiendo tales demostraciones y me entere que era su
esposo; quiero decirle que tiene autorización para que sus hijos entren al
hospital, al área donde está su esposo,
desde ahora y hasta que tenga el alta médica”. No hice más que llorar, darle las gracias al director y correr a
contarle al paciente afortunado. Desde ese día llegaron los pollos asados, los
postres y cuanta cosa se me ocurrieron para compartir con las enfermeras y mis
hijos en el casino del hospital. A los meses lo metieron a pabellón a mi esposo
para intervenirlo quirúrgicamente durante 9 horas, antes de eso fui a la
habitación de este hueón, lo tome por la
cabeza y le dije con toda demencia, ¡¡hueón
ni se te ocurra dejarme sola con dos cabros chicos!! Porque por la misma
puerta que entraste a este hospital, vas a salir y no con los pies por el
frente, eso bastó para que a los días saliéramos del hospital a nuestra casa en
el campo. Esa noche le digo al pelao (a esa altura con tanta quimioterapia) si
llueve nos bañamos… me resfrié, pero nos
sacamos la tristeza.” (Una de mis compañeras esa tarde de semana
laboral)
Las mujeres se fueron rápidamente del sepulcro, con miedo y mucha
alegría a la vez, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En
eso, Jesús se presentó ante ellas y las saludó. Ellas se acercaron a Jesús y lo
adoraron, abrazándole los pies, y él les dijo: No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que
se dirijan a Galilea, y que allá me verán. (Mateo 28 8-10)
La hermosura de la Resurrección en este tiempo de
Cuaresma en que se encuentra nuestra Iglesia,
se me presentan como una experiencia nueva (generalmente he tendido a
separar ambos conceptos). Un ejemplo a fuego de esta combinación, es que Jesús se confesó en las mujeres cerca del
sepulcro y casi 2000 años después hablo al oído de mi compañera de trabajo en
aquella noche de lluvia en el sur de Chile.
El cancer supone una nueva oportunidad en nuestras vidas, tanto para quien vive la enfermedad como para quienes la rodean... Sin lugar a dudas, con mi mamá experimentamos una resurrección... El entregarse al flaco y confiar en que quizás no entregue la cura, pero si la sabiduría para entender todo lo que pasa, es sin duda el regalo más grande que he tenido este ultimo tiempo...
ResponderEliminarUN ABRAZO INMENSO JOAQUÍN, SEGURAMENTE EL SEÑOR ESTA Y ESTARÁ SIEMPRE ENTRE TÚ Y TU MAMÁ.
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